¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones? Cuando decidir se convierte en una fuente de ansiedad

¿Te ha pasado que llevas días —o incluso semanas— dando vueltas a una decisión y sientes que, cuanto más la piensas, menos claro tienes qué hacer? Analizas las ventajas y los inconvenientes, preguntas a personas de confianza, buscas información, imaginas diferentes escenarios… pero ninguna respuesta parece darte la tranquilidad que necesitas para decidir.

Puede ocurrir con decisiones importantes (cambiar de trabajo, terminar una relación, mudarte…), pero también con otras aparentemente más sencillas: elegir unas vacaciones, comprar algo, aceptar un plan o incluso decidir qué hacer durante el fin de semana.

Cuando esto ocurre, podemos pensar: «¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones?», «¿Por qué los demás parecen tenerlo tan claro?» o «¿Por qué necesito darle tantas vueltas a todo?».

Sin embargo, en muchas ocasiones la dificultad no está únicamente en qué decisión tomar, sino en algo que buscamos antes de tomarla: sentirnos completamente seguros·as de que estamos eligiendo bien.

Y aquí aparece una dificultad inevitable: decidir implica incertidumbre. No podemos conocer exactamente qué ocurrirá después de cada elección ni garantizar que nunca vayamos a arrepentirnos. Cuando necesitamos eliminar por completo esa incertidumbre antes de actuar, tomar decisiones puede convertirse en una importante fuente de ansiedad.

¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones?

Tener dudas antes de tomar una decisión es completamente normal. Cuanto más importante sea aquello que está en juego, más probable es que necesitemos tiempo para valorar diferentes opciones.

La dificultad aparece cuando la duda deja de ayudarnos a reflexionar y empieza a bloquearnos.

Detrás de la indecisión pueden existir diferentes factores:

  • miedo a equivocarnos
  • miedo a arrepentirnos
  • necesidad de encontrar la decisión perfecta
  • falta de confianza en nuestro propio criterio
  • necesidad de aprobación externa
  • dificultad para tolerar la incertidumbre.

Además, estos factores suelen relacionarse entre sí.

Por ejemplo, si tenemos poca confianza en nuestro criterio, es posible que busquemos continuamente la opinión de otras personas. Si sentimos mucho miedo a equivocarnos, probablemente intentemos recopilar toda la información posible antes de elegir. Y si creemos que existe una decisión perfecta, podemos seguir analizando alternativas esperando encontrar esa certeza que nos permita actuar sin miedo.

El problema es que, cuanto más importante es una decisión, menos habitual es poder alcanzar una seguridad absoluta.

Podemos tener información, preferencias, necesidades y motivos suficientes para elegir y, aun así, seguir sintiendo dudas.

Cuando buscar la decisión perfecta te impide decidir

El perfeccionismo no aparece únicamente en el trabajo, los estudios o nuestra imagen. También puede trasladarse a la forma en la que tomamos decisiones.

En estos casos, no buscamos simplemente elegir una opción suficientemente buena o coherente con lo que necesitamos en ese momento. Buscamos la opción correcta.

Para encontrarla podemos analizar todas las posibilidades, hacer listas interminables de pros y contras, buscar constantemente más información, imaginar todos los escenarios posibles o preguntar a diferentes personas qué harían en nuestro lugar.

A primera vista, puede parecer que estamos siendo responsables y reflexivos·as. Y hasta cierto punto, analizar una decisión es útil. El problema aparece cuando ese análisis deja de proporcionarnos información nueva y se convierte en un intento de conseguir certeza.

Podemos pensar: «Necesito informarme un poco más y entonces lo tendré claro». Sin embargo, encontramos nueva información y aparece otra duda. La resolvemos y surge otra posibilidad que no habíamos contemplado.

De esta forma, podemos entrar en una especie de círculo:

duda → análisis → alivio momentáneo → nueva duda → más análisis.

Paradójicamente, cuanto más intentamos asegurarnos de que estamos tomando la decisión perfecta, más difícil puede resultar decidir. Incluso tanto análisis puede llevar a la paralización. Esto se conoce como “parálisis por análisis”.

Quizá esa seguridad que estamos esperando no llegue antes de actuar.

Es habitual que aparezcan estas dos preguntas con gran fuerza e intensidad a la hora de tomar una decisión:

1. ¿Y si me equivoco?

El miedo a equivocarse es uno de los motivos más frecuentes por los que podemos posponer una decisión.

Equivocarnos puede significar muchas cosas dependiendo de nuestra historia personal. Para algunas personas supone simplemente comprobar que otra opción habría funcionado mejor. Para otras, cometer un error activa pensamientos mucho más profundos: «debería haberlo sabido», «he tomado una mala decisión», «no puedo confiar en mí» o «siempre termino haciéndolo mal».

Cuando interpretamos los errores de esta manera, cada decisión se convierte también en una evaluación de nuestro propio criterio.

Entonces intentamos protegernos analizando más, retrasando la elección o dejando que otra persona decida. Si no elegimos, aparentemente tampoco podemos equivocarnos.

Sin embargo, posponer una decisión también es una decisión y puede tener consecuencias. Además, evitar elegir no nos ayuda a desarrollar mayor confianza en nuestro criterio; al contrario, puede reforzar la idea de que necesitamos sentirnos completamente seguros·as antes de actuar.

Aprender a decidir no significa conseguir que nunca nos equivoquemos. Implica también desarrollar la confianza de que, si una decisión no tiene el resultado esperado, podremos afrontarlo, aprender y reajustar nuestro camino.

2. ¿Y si después me arrepiento?

A veces no nos preocupa únicamente equivocarnos, sino cómo nos sentiremos después si descubrimos que otra alternativa podría haber sido mejor.

Antes incluso de decidir, podemos imaginarnos pensando: «Sabía que tendría que haber elegido la otra opción».

Este miedo anticipado al arrepentimiento puede hacer que intentemos predecir con exactitud cómo nos sentiremos en cada uno de los escenarios posibles.

El problema es que estamos intentando tomar una decisión presente con información sobre un futuro que todavía no conocemos.

Además, cuando existen varias alternativas válidas, elegir una implica necesariamente renunciar a las demás. Podemos estar satisfechos·as con una elección y, al mismo tiempo, preguntarnos ocasionalmente qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otra cosa.

Tener ese pensamiento no significa necesariamente que hayamos tomado una mala decisión.

A veces juzgamos nuestras decisiones pasadas utilizando información que únicamente conocemos ahora. Sin embargo, una decisión puede haber sido coherente con nuestras necesidades, circunstancias y conocimientos de aquel momento, aunque posteriormente el resultado no haya sido el esperado.

Señales de que la indecisión está generando ansiedad

Pensar antes de decidir es saludable. El problema aparece cuando el proceso empieza a generar un nivel elevado de malestar o sentimos que nunca tenemos información suficiente para elegir, llevándonos incluso a la paralización.

Algunas señales de que la dificultad para tomar decisiones puede estar relacionada con la ansiedad son:

  • Necesitas consultar constantemente a otras personas.
  • Cambias de opinión continuamente.
  • Buscas información incluso cuando ya tienes suficiente.
  • Imaginas repetidamente qué podría salir mal.
  • Pospones decisiones por miedo a equivocarte.
  • Te cuesta confiar en tu propio criterio.
  • Después de decidir, sigues preguntándote si has elegido bien.

Es especialmente importante observar qué ocurre después de elegir.

En ocasiones pensamos que la ansiedad terminará cuando por fin tomemos la decisión. Sin embargo, si la dificultad principal está en tolerar la incertidumbre, la mente puede continuar buscando seguridad incluso después: «¿Seguro que he hecho bien?», «¿Y si todavía puedo cambiarlo?», «¿Y si la otra opción era mejor?».

En estos casos, el problema ya no consiste únicamente en decidir, sino en aprender a convivir con el margen de duda que inevitablemente acompaña a muchas decisiones.

¿Cómo empezar a tomar decisiones con mayor confianza?

No se trata de convertirnos en personas impulsivas ni de dejar de reflexionar. El objetivo es aprender a distinguir cuándo pensar nos está ayudando a decidir y cuándo estamos intentando eliminar una incertidumbre que no podemos eliminar por completo.

Te dejamos algunos pasos por donde empezar:

  • Pregúntate si necesitas más información o más seguridad

Esta distinción es muy útil. ¿Realmente te falta algún dato relevante para tomar la decisión? ¿O tienes suficiente información, pero todavía no te sientes completamente seguro·a?

Si lo que falta es información, podemos buscarla. Pero si lo que estamos esperando es certeza absoluta, seguir investigando probablemente no resuelva la duda. Observa cómo de difícil es parar la búsqueda o bucle en ese momento.

    • Cambia «¿cuál es la decisión correcta?» por «¿qué decisión tiene más sentido para mí ahora?»

    Buscar la opción correcta nos coloca ante un examen que debemos aprobar.

    En cambio, preguntarnos qué opción encaja mejor con nuestras necesidades, valores, prioridades y circunstancias actuales permite introducir una mirada más flexible.

    No estamos intentando adivinar el futuro. Estamos tomando una decisión desde el presente.

    • Acepta que toda decisión implica alguna renuncia

    Somos conscientes de que este paso puede ser tremendamente difícil. Y, es que, elegir una alternativa significa dejar otras fuera, al menos por el momento.

    Por eso, sentir cierta tristeza, duda o curiosidad por aquello que no elegimos no invalida nuestra decisión. Podemos echar de menos algo de la alternativa descartada y seguir considerando que nuestra elección tiene sentido.

    • Practica confiar en tu propio criterio

    Si habitualmente preguntas a varias personas qué harían antes de decidir, prueba a observar primero qué piensas tú.

    Puedes preguntarte:

    • ¿Qué necesito?
    • ¿Qué opción encaja más conmigo?
    • ¿Qué estoy priorizando en este momento?
    • Si nadie pudiera decirme qué hacer, ¿hacia dónde me inclinaría?
    • ¿Qué elegiría si supiera que cualquiera de las dos opciones puede implicar cierta incomodidad?

    Escuchar otras opiniones puede ayudarnos a ampliar nuestra perspectiva. La dificultad aparece cuando necesitamos que alguien nos diga qué debemos hacer para poder sentirnos tranquilos·as.

    Por ello, empezar a poner la mirada en uno·a mismo·a y reconectar con nuestro criterio es fundamental.

    • Aprende a tolerar la duda después de decidir

    Tomar una decisión no siempre hace desaparecer inmediatamente la incertidumbre.

    Después de elegir puede aparecer el impulso de volver a revisar todas las opciones, pedir otra opinión o comprobar nuevamente si hemos hecho bien.

    En esos momentos podemos practicar algo diferente: reconocer la duda sin volver automáticamente al análisis.

    Puede ser útil repetirse frases que sirvan de anclaje como, por ejemplo: «He tomado esta decisión con la información que tenía. Ahora mismo no necesito resolver otra vez la misma pregunta».

    Confiar en nuestro criterio también se construye permitiéndonos sostener una elección sin comprobarla continuamente.

    ¿Cuándo la dificultad para tomar decisiones puede ser un problema?

    Todos·as podemos atravesar momentos en los que decidir resulte especialmente difícil. Una decisión importante puede generar dudas, miedo e incluso cierta ansiedad sin que esto signifique necesariamente que exista un problema psicológico.

    Sin embargo, puede ser interesante plantearnos buscar ayuda profesional cuando:

    • la indecisión genera mucho sufrimiento
    • dedicamos una cantidad excesiva de tiempo a analizar decisiones
    • sentimos que la duda nos impide avanzar
    • afecta a nuestras relaciones, trabajo o vida cotidiana
    • necesitamos que otras personas decidan o validen nuestras elecciones
    • evitamos oportunidades por miedo a tomar una decisión equivocada
    • la toma de decisiones está acompañada de ansiedad intensa
    • incluso después de decidir seguimos revisando continuamente si hemos elegido bien.

    En terapia podemos explorar qué hay detrás de esa necesidad de certeza: si existe un miedo intenso al error, perfeccionismo, necesidad de aprobación, poca confianza en nuestro propio criterio o una dificultad más general para tolerar la incertidumbre.

    También podemos aprender progresivamente a tomar decisiones desde un lugar más flexible, entendiendo que confiar en nosotros·as mismos·as no significa saber siempre cuál es la mejor opción, sino sentir que podemos elegir y afrontar aquello que ocurra después.

    Si sientes que la indecisión y el miedo a equivocarte están condicionando tu vida, en Lume Psicología, centro de atención Psicológica en Madrid y online, podemos acompañarte a comprender qué está manteniendo esta dificultad y desarrollar una forma de tomar decisiones con mayor confianza y menor ansiedad.

    Conclusión

    Tomar una decisión no significa saber con certeza qué va a ocurrir.

    Podemos informarnos, reflexionar, escuchar nuestras necesidades y valorar las consecuencias. Pero llega un momento en el que decidir implica aceptar que hay una parte del futuro que no podemos controlar.

    Esperar a estar completamente seguros·as puede dejarnos atrapados·as en una búsqueda de certeza que nunca termina. Porque incluso una buena decisión puede traer dificultades, y una elección que inicialmente parecía equivocada puede abrir caminos que no habíamos previsto.

    Aprender a decidir no consiste en eliminar todas las dudas ni en conseguir no arrepentirnos nunca. Consiste en poder elegir con la información y los recursos que tenemos en ese momento y confiar en nuestra capacidad para responder ante lo que venga después.

    Quizá no necesites saber que estás tomando la decisión perfecta. Quizá sea suficiente con saber que estás tomando la decisión que, con lo que sabes, necesitas y eres hoy, tiene más sentido para ti.

    Hola, soy Laura

    Psicóloga sanitaria y con formación en Mindfulness y gestión emocional

    Desde Lume Psicología, busco facilitar un espacio respetuoso, seguro y reconfortante en el que puedas abrirte, pensarte y conectar con aquellas emociones, pensamientos, sucesos y/o partes de ti que no te resultan tan agradables.

    Busco acompañarte en este camino para ayudarte a sanar y cultivar un estado de calma y bienestar.

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